Homenatge a Manel Clot

 

 

Homenatge a Manel Clot
Granollers, 1956-2016

Des de l’ACCA destaquem la rellevància de Manel Clot en la renovació del discurs de la crítica d’art i el comissariat en el nostre context; pel seu rol pioner en la introducció en el camp de l’art català de discursos vinculats al queer, la perspectiva de gènere i la noció de subcultura; per la influència que ha exercit en les generacions més joves de crítics i comissaris i en la conformació de discursos i pràctiques vigents en l’escena artística actual.

Des de l’ACCA agraïm a l’artista Javier Peñafiel la seva intervenció en homenatge a Manel Clot a l’acte de lliurament dels Premis ACCA 2016.

 

 

Lo afectivo no es cosmológico, es intimidad y eso tiene contrapartidas excepcionales.

Manel tenía un trato abusivo con su intimidad.

El desamor era su tarea, eso no lo entenderán nunca los mayoritarios moralismos.

Cuando decía cómo es todo, estaba hablando políticamente desnudo, yo le recomendaba cierta protección, le dije prueba a decir sí, cómo no, con tu risa. Pero a veces la risa le partía la boca a Manel, eso era injusto siempre.

Colocaba en todos nosotros motes, mitad crueldad, mitad cuidados intensivos. La mayor parte de las veces eran advertencias de nuestras fatalidades, en mi caso, reiteradamente, y por mi resistencia a tener una casa fija, me llamaba el inquilino comunista, aludiendo a mis manías antipropiedad, pero también, a mi fragilidad económica, advirtiéndome, paternalmente, de la gran caída.

Durante su trayectoria, Manel recibía encargos que estaban totalmente fuera de foco. Por la calidad de tanto trabajo realizado, nos parecían evidentes buenos destinos para él, en lo mejor de su actividad, pero nadie en el poder, especialmente en la etapa del aznarismo zapateado, parecía apreciar sus intereses. Tenía que rechazar las escasas propuestas que le llegaban, por desolación. Le acompañé en dos de esas negativas, intentando rescatar algo de los encargos, pero él me decía: son perversos, Javier.
Nuestro medio está repleto de idiotas contratadores, empoderados en su tibieza, si algo le molestaba era la tibieza, el empoderamiento natural del funcionario.

Manel fue malinterpretado porque se anticipaba una y otra vez, por ejemplo, cuando con su tesis de los dispositivos, anticipaba la ontología de los objetos que ahora ocupa a tantos comisariados, casi 27 años después; también, cuando desde su imperativo afectivo, anticipaba las políticas de la amistad de hoy, ese afecto hoy tan fácil de instrumentalizar. Cuando en su necesidad de imposibilitar la jerarquía intelectual, se decidía, como un kamikaze, por facilitar la cultura de la corteza terrestre, la suya era una una posición antiespecista y queer, mucho antes de que estas ideas estuvieran en órbita, deseando carismas horizontales y no autorías verticales.
Pese a vestir de negro tantas veces, Manel era Anti necro, detestaba a los necrópatas del cinismo de la nueva institucionalidad y a los necrófilos de la historia del arte, los mismos que le colocaban, una y otra vez, en sus listas negras.

Manel tiene el mérito de ser letra blanca sobre negro, todo un negativo para el poder.
Confiaba en los enigmas, pero desconfiaba de la esfinge que custodia los secretos de estado, en eso era tan derridiano.

Permanecía pegado a leer el género, en zoom: Lispector o Duras, Butler o Irigaray. Miriam Reyes o Anne Sexton, tantas y tantas. No tenía dudas sobre una posible construcción de la masculinidad, fuera del ejercicio senil que da tanto prestigio en la institución arte al macho ensimismado y detestaba cuando el cuidado construye el peor sistema de control, el patriarcal genital, decía.

Vestigio en vez de prestigio, dijo una tarde de amargura, lo vi subrayarlo, varias veces, como obsesión.

Se negaba a la empatía proselitista de tantos curadores de éxito, los elegidos por Manel no podían ser más adversativos, el mediaba los mundos existentes entre artistas, de Francesc Abad a Carles Congost, de Joan Morey a Javier Peñafiel, de Pep Durán a Marrone, de Mabel Palacín a Susy Gómez, de Vacca a Luz Broto, de Cumella a Raimon Chaves, de Colomer a Aballí, de Pep Agut a Oscar Abril, de tú a te.

Manel era pluralizante, que no pluralista.

Los temas en Manel no eran sólo contenidos a distribuir en cubos blancos o en necrópolis de patronatos. Sus curadorías tenían un gran buen gusto, sí, pero eran premisas para los artistas, donde la colisión intelectual con Manel era puro deseo compartido, era violento casi. Forzaba a restarte como artista, para luego multiplicar la relación con todos los públicos. Cuando hablaba de intensificar, ese era su reproducirse.

Las cesuras con las que escribía, han llevado a muchos a no leer a Manel. Su escritura adversativa, tiene que ver, con esa característica de la etapa del entusiasmo por la vida en el estado español y con la voluntad de la adicción. El verbo que extraviaba, intencionadamente, en la densidad de la escritura, ese verbo, era carne.

Entre los artistas merodeaba con ideas que irritaban tanto como seducían, su amor por el post teatro era conversado, con varios de nosotros, hasta el punto de que todo un teatro neutro se llegó a escenificar: podemos leer entre los trabajos de varios de nosotros una obra no escrita de Manel, distanciada y extrañada como el teatro del porvenir.

Lo mismo ocurre con los objetos y su indisciplinariedad, de alguna manera, su interés no era otra cosa que abandonar al fetiche a su suerte, es decir, aislar al fetiche de su propietario ideal. Por eso, su idea del coleccionismo, era deconstructiva también.

A Manel los parkings para patronos no le gustaban, de la misma forma que sentía el olor de la muerte en un coche nuevo, una de sus frases.

Hubo un culto de drogas diversas. También hubo un tiempo en que le convencí de ir a mi médico chino, o a Shiatsu, pero la demora le desesperaba.

Manel es una excepción en un estado en el que se pasa, de llenar los museos por metros, a sustituirlos por fotocopias, sin dar explicaciones ni otro tipo de comunicación.

Si observamos con detenimiento el desarrollo de Manel, era extremadamente pedagógico, fue un buen profesor para sus alumnos que se convertían en sus fans.

Podía explicar que la muerte es una sucesión de errores celulares y que el amor también lo es y que la cultura, cómo es la cultura, y hacernos permanecer en esa meditación, mantrix (de mantra).

Manel incluye la dictadura de la actualidad en su agenda, así desde un Doble Hermético se acude a Hipertronix, despliega una posible escena en Interzona, planteaba luces en vestigio en el rastre de la Llum, o congelaba el tiempo como en Time Lapse, por citar sólo algunos éxitos.

Que Manel era hiperhumano no es noticia. Su amor por el pop era tal que le llevaba a vivir en polaridad, de ser al mismo tiempo, los dos miembros de Pet Shop Boys, Pet Clot boys, como si nada.

En un club, se dirigió a una amiga que seducía a uno de sus deseados, ella me lo relata diciendo, vi llegar a sus pies bailando, lentos, antes que su cara, luego, me dijo ¿seréis capaces de dejarme sólo?
Manel escribía la misma carta postal una y otra vez, en el deseo de vivir una vida caligráfica. Tituló una de nuestras exposiciones sólo con la palabra Lento, recuerdo lo feliz que estaba al titularla así, convencido de que el título era la idea.

El situaba en resultados bien diferentes la idea de la ocurrencia, pero también sabía que la efectividad, en el neoliberalismo, quien se lleva premio es el ocurrente. Dolia-le.

Cómo nos divertía su personal reparto de premios, esa era toda una fiesta sin gala.

La juventud, ha sido irrenunciable para Manel, Mi vida era diurna y estoy muy comprometido con un aburrimiento perfecto. Me perdí ese Manel en Directo. Pero tengo su relato conmovedor, a posteriori, y tengo vuestros relatos también, y el cúmulo de enigmas y la desgracia de pegada. El vínculo de Manel tanto con el placer como el displacer era el del exhausto, Manel, como Foucault, pensaba que la salud no era habitable para una persona en Deseo. La solución enferma.

Manel era Barthesiano. Didier Eribon, un autor que le importaba, dice que la relacionalidad amorosa se instaura como el espacio en el cual, el sujeto da rienda suelta a la inocencia no codificada de su imaginario. Y ese era mi modo de ver su idiorritmia, su propio ritmo, indisociable del cómo vivir juntos pero nunca sobornado por la ilusión de comunidad. Manel siempre fue inocencia.

En su museo de frases hay dos determinantes para mí:
Lo íntimo es el índice de la subjetividad humana
Modos para respirar, amigos para respirar juntos

Tanto una como otra sentencia, comparten oxímoron, se escuchan, dependen de un intensificador, sí, de alguien que esperamos sin pausa pero en cesura, quizá sea este quien nos provea, el proveedor, de la maravilla que la especie todavía posterga.

En el último tramo de su vida, Manel se aisló de casi todos, pero lo hizo por buenas razones, estaba enfadado por cómo se vivía la cultura, el olor de tanto dinero público extraviado en patetismo. Manel se dio cuenta, pronto, que ese proceder no era otra cosa que inducción a la pobreza, que es donde estamos ahora mismo.

Durante ese aislamiento inducido, recibía SMS suyos, muy vez en cuando. Supe que Manel se interesaba por la poesía, prioritariamente, como a mí también me sucedía. Intenté convencerle, insistí tanto, de viajar lejos, tal como hice durante casi toda la década pasada, algo que a mí me salvó, pero no tuve éxito con él. Lo mismo con que se ocupara de otra medicina, sin éxito.

La juventud, iba en serio.

Cada vez que pienso en tanto trabajo compartido con Manel y por tanta vida, me alegro, me lleva a una sonrisa sin explicaciones.

Comprendí un poco tarde que la ambición de Manel no era otra cosa que la suspensión del saber. Cuando Brea le dijo que vivía en Barcelona y nos conocimos, me alertó: esta es una sociedad clasista realizada, dijo, pensé que exageraba pero la voz de Manel era, casi siempre, la voz de Casandra.

Era muy consciente de la potencia de dejar huellas, pero poquísimas huellas, estaba emparejado con vivir sin escenario, le debo terminar con un, su, Walter B., se lo debo, a mi pesar, no quería hacerlo:

“No fueron acaso la vida y la conducta del intelectual crítico una persistencia lasciva y obstinada en el umbral de su clase, una vacilación, que tiene su fundamento más sólido en el hecho de que este umbral no conduce a ningún lado”.

Delante de la entrada del pasaje, un buzón.

Manel llevó una vida caligráfica, con él aprendimos, bellamente influidos, que escribir es un rastrear, un frasearse, una carta postal sin apostolado.

Manel sabía de su fragilidad, como primigenia. Hubiera sido necesario un cuidado principal que la institución arte, nosotros, no le facilitamos.

A Manel le debemos una escena, debemos comunicar a Manel, no tanto haciendo exposiciones que ya fueron hechas, muy bien hechas por él, sino estudiando la potencia de su contradicción, la inteligencia de sus anticipaciones, su carisma horizontal. Es nuestro más bello y bestial caso de estudio, algo que no debemos postergar.

Proyectadas detrás mío, están imágenes suministradas por Pep Durán: el cuaderno personal que Clot le regaló y un libro dedicado con enigma, también, una foto encontrada por Nina Pawlowsky, un subrayado cartografía que hizo sobre un texto mío y un envío postal a Juan De Nieves. La captura de una pantalla del archivo del Museo donde nos encontramos, señala la ausencia incomprensible de Manel y detecta tanto trabajo por hacer. Los amigos ya comenzamos, desde la política de la amistad.

Quiero agradecer junto a los anteriormente citados, la compañía de Carles Congost, Ester Partegás, Ana Laura Aláez y Gustavo Marrone en estos días, conversados. La conversación, para nuestro Clot, era el espacio del deseo.

Javier Peñafiel en marzo de 2017